Después de una emergencia, volver a la escuela puede significar mucho más que regresar a clases. Para un niño es reencontrarse con sus amigos y profesores, recuperar una rutina conocida y volver a sentirse seguro. Para una familia es tener la tranquilidad de saber que sus hijos están protegidos mientras, poco a poco, intenta reconstruir su propia cotidianidad. Por eso, después del sismo del pasado 10 de agosto, en la Fundación Fraternidad Medellín tuvimos una certeza: había que actuar.
Desde el primer momento nos pusimos en contacto con las 133 instituciones educativas que hemos acompañado, para conocer el estado de sus comunidades y asegurarnos de que los estudiantes estuvieran bien. Después llegaron las preguntas por las aulas, los laboratorios, los muros, los taludes y los escenarios deportivos.
Ante la magnitud del desafío, la Fundación decidió destinar $20.000 millones de pesos, aproximadamente USD 6,5 millones, para contribuir a la reconstrucción y recuperación de la infraestructura educativa afectada. Una decisión que nace de una convicción que nos ha acompañado durante años: en una emergencia, los niños y las niñas son prioridad, y sus escuelas deben seguir siendo entornos seguros y protectores.
Las acciones comenzaron de inmediato. En el CER María Josefa Correa, en Jardín, y la IER Tapartó, sede primaria, en Andes, se atendieron algunas fisuras en paredes y muros para garantizar la permanencia segura de los estudiantes. Paralelamente, junto con la Gobernación de Antioquia, iniciamos un mapeo de las escuelas rurales del departamento para identificar las afectaciones y avanzar en las intervenciones necesarias.
Este esfuerzo se realizará de la mano de la Fundación Berta Martínez, una aliada con la que durante años hemos compartido el propósito de dignificar los espacios educativos y generar mejores condiciones para que los niños, niñas y jóvenes de Antioquia puedan aprender, crecer y construir su futuro.
El reto que tenemos por delante es enorme y necesita de todos. Nos llena de esperanza ver cómo ciudadanos, empresas, fundaciones e instituciones públicas han respondido con solidaridad. Hoy, más que nunca, necesitamos seguir sumando capacidades y voluntades para acompañar a las comunidades afectadas.
Con estos $20.000 millones de pesos queremos reconstruir mucho más que escuelas. Queremos ayudar a recuperar la tranquilidad de las familias, devolverles a los niños sus espacios de encuentro y contribuir a que las comunidades vuelvan a ponerse de pie.
En los momentos más difíciles, la fraternidad adquiere su significado más profundo: sentir como propio lo que vive el otro y decidir hacer algo para ayudar. Colombia nos necesita unidos. Y con la ayuda de todos seguiremos trabajando para que cada aula que vuelva a abrir sus puertas sea también una puerta abierta a la esperanza.